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Un elefante en la Casa Blanca

Publicado el 22/11/2016 en Actualidad

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos sorprende por varios motivos. El primero, el más comentado: la enorme mayoría de consultoras de opinión pública, analistas políticos y medios de comunicación apostaban por un triunfo aplastante de la candidata demócrata Hillary Clinton. Los pronósticos fallaron. Como con el triunfo del Brexit en Reino Unido o del No en el referéndum por la paz en Colombia, la voluntad popular prefirió darle la espalda a lo esperado.

De esta manera, en términos psicosociales, la victoria de Trump se nos presenta a modo de una disonancia cognitiva. Las industrias culturales y académicas estadounidenses han contribuido muchas veces a la construcción de una imagen ejemplar de su política, incluso promoviendo representaciones sacralizadas de la investidura presidencial. Por ejemplo, en series y películas, diversos presidentes de Estados Unidos, mayoritariamente jóvenes, blancos, populares y sin contradicciones morales, han defendido a su país de ataques alienígenas o de terroristas rusos. A la par, manuales o libros académicos, desde diversas perspectivas, suelen presentar una imagen algo edulcorada de la arquitectura institucional, del proceso político y de la cultura política estadounidense.

Frente a esto, fuera de pronóstico, un multimillonario conductor de un reality show, que enfatizó su carácter de outsider del sistema político y que jugó con reglas y trampas no tradicionales el juego de la campaña electoral, es elegido presidente.

Para más sorpresa, sus discursos cargados de maniqueísmos e incitaciones a la violencia racial, étnica, sexual y religiosa hacen ruido en un contexto que, desde hace varias décadas, ha buscado sepultar las desigualdades culturales y sociales bajo los acuerdos de convivencia de lo "políticamente correcto".

Que Trump se constituya en la figura que "dice lo que otros no se atreven a decir", expresión habitual en las redes sociales entre sus partidarios, representa una señal de alarma, no sólo para la estadounidense, sino para todas las sociedades. En una entrevista reciente, la filósofa Judith Butler se mostró preocupada por la legitimación y liberación de un odio desenfrenado que desplegó Trump durante su campaña. Con su elección parecen consagrarse expresiones y prácticas de prejuicio y discriminación que creíamos minoritarias. Desde el 8 de noviembre se ha reportado un incremento de incidentes de agresión racial, étnica, religiosa y de prejuicio sexual que acrecienta la preocupación. La disonancia cognitiva es aún mayor si consideramos que una gran parte del caudal de caudal de votos de los republicanos movilizados por estos discursos provienen de sectores de la población que se identifican con la derecha cristiana.

Ahora bien, ¿cuánto de lo que prometió el flamante presidente electo se llevará a cabo? Es difícil esbozar una respuesta sin diferenciar al Trump candidato del Trump presidente, que asumirá el 20 de enero próximo. Las señales no son del todo claras. En los últimos días, si bien adoptó una creciente moderación en sus intervenciones públicas, nombró a Stephen Bannon, reconocido dueño de un medio de comunicación que defiende posiciones anti-establishment a la vez que abiertamente racistas y antisemíticas, como su asesor. Asimismo, es probable que, incluso con mayorías republicanas en ambas cámaras del Congreso, sus posibilidades de actuación estén condicionadas por el juego de pesos y contrapesos del sistema político estadounidense, incluyendo los lobbies empresariales. Pero algo de lo prometido deberá cumplir si no quiere terminar su mandato bajo una pila de expectativas insatisfechas, un poco al modo de Obama. ¿Qué será? Difícil saberlo. ¿Qué consecuencias tendrá para América Latina en general, y para Argentina, en particular? Más difícil incluso pronosticarlo.

América Latina sólo apareció de manera esporádica en su campaña. Más allá de la centralidad de la cuestión migratoria y de los dardos dirigidos con injusta vehemencia contra mexicanos y musulmanes, Trump se manifestó a favor de impulsar una renegociación del TLC y contra la Alianza del Pacífico, la cual involucra a varios países latinoamericanos y a las expectativas de inserción internacional de la actual gestión de Macri. A su vez, como la mayoría de los republicanos, cuestionó la reapertura de relaciones diplomáticas con Cuba y enfatizó la lucha contra el narcotráfico como eje de su posible política exterior. En qué medida sus proclamas de un mayor proteccionismo económico y de una menor centralidad del conflicto en Oriente Medio en pos de una lucha comercial más encarnizada contra China puedan impactar en las relaciones con los países de la región, está por verse. Es también probable que el histórico intervencionismo estadounidense en la región constituya ya un estilo diplomático que exceda la figura del presidente electo.

Con estas armas, un elefante retorna a la Casa Blanca después de ocho años. La imagen del paquidermo, además de ilustrar simbólicamente al Partido Republicano, parece adecuada para pensar cómo se expresa nuestra disonancia frente al resultado electoral. Un elefante ocupa mucho espacio, y suele usarse como metáfora de aquello que, por más evidente que sea, no se quiere mirar. Desde el saber popular, "un elefante en un bazar" es la expresión usada para referir a la torpeza de alguien o la inminencia del desastre. Esta imagen se constituye en un reflejo de lo impredecible, aquello que no nos permite lograr un cierre cognitivo que nos tranquilice. Imaginen ese elefante en el centro del poder mundial.


Por Hugo H. Rabbia. Profesor de Psicología Social y Política en nuestra Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Becario postdoctoral de CONICET.

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