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Notre-Dame de París

Publicado el 25/04/2019 en Noticias UCC

Cuando las llamas abrasaron la aguja elevada por Viollet-le-Duc en 1859, que basculó y se desplomó, la difusión de las imágenes unió en el horror de lo inconcebible a buena parte del mundo. Por las redes sociales, el lunes 15 de abril vimos arder los altos y viejos techos de ocho siglos, y la silueta de Notre-Dame y sus armaduras de madera se consumieron junto a la obra colectiva de su erección, que era el símbolo de espiritualidad de la sociedad medieval. Cuando el obispo Maurice de Sully impulsó su construcción en 1163, el desafío fue materializado por los gremios de artesanos en el esbelto esqueleto estructural de bóvedas, columnas y arbotantes, cerrado por las altísimas ventanas con vitrales cuya diafanidad iluminaba la oración interior.

En 1245, Notre-Dame traducía el opus francigenum con bóvedas aún arcaicas sobre macizos pilares, pero su belleza espacial vibraba en los colores contrastados de sus rosetones, las relaciones de proporción ordenaban la primera fachada armónica de dos torres, y en el crucero surgía su aguja de piedra, vencida por la incuria del tiempo en 1792.

En su novela "Notre-Dame de Paris" de 1831, Víctor Hugo escribe: "La Arquitectura fue hasta el siglo XV el registro principal de la humanidad […] el género humano no pensó nada importante que no haya escrito en piedra." La rápida propagación del fuego, desde la aguja al transepto y al coro, insertó en los ciclos de la lenta historia constructiva los imperativos del desastre. El anuncio de su inmediata reconstrucción "más bella", aparece como una apropiación de nuestro siglo competitivo.

Sabemos que el fuego ha destruido esa armadura de 1300 vigas de roble de los años 1220, y la aguja diseñada por Viollet-le-Duc en roble revestido de plomo, que se erigía hasta los 93 metros. La ornaban dieciséis estatuas de cobre escalonadas, y en lo alto, el arquitecto restaurador se tornaba hacia su creación recortada sobre el cielo. Esas estatuas se retiraron cuatro días antes para ser restauradas. Se salvaron como el gallo caído de la veleta, que fue rescatado entre escombros con las reliquias de los santos patrones de París. El fuego alcanzó los 400°C y provocó daños mayores, las maderas calcinadas cayeron sobre las bóvedas, y en la más frágil del crucero convirtieron la piedra en cal causando su derrumbe; otra media bóveda cayó en el transepto Norte, y otra en la nave. Sometidas a un choque térmico entre la combustión y las trombas de agua fría lanzadas por los bomberos, se deformaron y quedaron expuestas a la intemperie.

Hoy, un vivo debate opone a los patrimonialistas y a los heraldos de un concurso abierto para restituirle su silueta según certezas de diseño y performance. La querella es controversia, pues el precipitado rescate simbólico oculta años de abandono, y podría desestimar el tiempo necesario a los expertos para consolidar las estructuras, y monitorear su estabilidad general. Antes de reflexionar sobre una restauración idéntica o con componentes contemporáneos, urge asegurarse que no habrá otros derrumbes, que la retícula de plomo retiene realmente los magníficos vitrales salvados, como el gran órgano, el mobiliario o la corona de espinas de Cristo.

Ese tiempo del trabajo razonado es tan preciado como los saberes específicos que operarían una reconstrucción, donde la aguja de Viollet-le-Duc es una pieza importante, estrato de la memoria de su restauración, cuyo diseño en detalle está enteramente documentado. El compás de espera que se abre para que Notre-Dame renazca, depende de encontrar una vía legítima en este dilema entre restauración y recreación no significante.


Por el Mag. Julio Rebaque de Caboteau. Profesor de nuestra Facultad de Arquitectura, architecte du Patrimoine de la École de Chaillot y asesor honorario de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos.

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