Studia Politicae

Pablo Biderbost

Fenómenos asociativos en la Argentina contemporánea
¿Qué es el Tercer Estado hoy?

En relación al fenómeno de nuevas formas asociativas en América Latina y Argentina, en particular, mucho se ha escrito a lo largo de los últimos años. Las hipótesis acerca de la cuestión provienen de todo el universo teórico e ideológico y varias causas han sido explicitadas como facilitadoras y propiciantes del fenómeno, el cual pareció enriquecerse y complejizarse con el colapso político-institucional de fines del 2002, en oportunidad de la caída de, según algunos, un estilo de gestión democrática. A esta complejización de la realidad social le acompaño un idéntico desarrollo a nivel teórico-conceptual. El presente análisis político persigue como objetivo evaluar el comportamiento y rasgos de dos de estos movimientos asociativos bajo la luz de categorías analíticas tomadas de un texto clásico de la literatura política: “¿Qué es el Tercer Estado?” del abate Sieyes, escrito que data del período de efervescencia social que precedió a la Revolución Francesa.

En el folleto del autor francés, lo que se procura es legitimar, a nivel discursivo, las próximas acciones de la burguesía, grupo social en desventaja relativa en el momento, en contra del poder monárquico de rasgos eminentemente absolutistas. De este modo, los conceptos vertidos por Sieyes contribuyen a la creación del concepto de sociedad civil como estrato o agrupación de individuos que, consciente de sus derechos y reclamos, se diferencia e independiza de otros compartimentos de la realidad social, el estado, por un lado, y las fuerzas de mercado, por el otro. El monje galo nos presenta una especie de análisis retrospectivo acerca de cómo la burguesía, de dedicación a tareas comerciales y productivas, adquiere fuerza propia y advierte, simultáneamente, de la precisión de una próxima alteración de las reglas de juego (modificación del status quo imperante) que contribuya con una mayor cuota de poder, en el contexto descrito, en manos de ese sector social. El autor le otorga la denominación de “Tercer Estado”, cuya supervivencia es amenazada y facultades decisorias recortadas por la existencia de otros dos Estados o clases (la nobleza y el clero) con privilegios desmedidos e ilegítimos que atentan contra el concepto de soberanía política en manos del pueblo.

Mi pretensión, al elaborar este análisis sobre la cuestión referida y con el auxilio de las categorías del abate de Sieyes, es concluir a qué tipo de fenómeno asociativo le corresponde la caracterización de “Tercer Estado”, es decir, a qué naturaleza y forma asociativa podemos caracterizar como vocera de una sociedad civil en ciernes, como intérprete de un sector social que ha adquirido conciencia de sí, de sus dimensiones y de los recursos con los que cuenta al momento de negociar con las autoridades político-institucionales. En definitiva, el objetivo de la presente labor es descubrir, eventualmente, qué sector social boga por ser incluido en estamentos de decisión y por participar, de manera activa, en la vida democrática de nuestro país y de sus instituciones.

A tal fin, he optado por el sometimiento a análisis de dos modos asociativos característicos del último tiempo: las asambleas barriales y el movimiento piquetero. En consecuencia, cada uno de ellos, según mi hipótesis de trabajo, representa conceptualmente a dos estratos sociales diferenciados y con rasgos que le son propios. En el caso del primero, la asociación teórica estaría dada con sectores medios de nuestra sociedad (más tarde, procederé a realizar una disquisición al respecto), mientras que, en relación al segundo, la vinculación la entiendo con sectores empobrecidos tanto estructurales como de reciente incorporación al estrato.

Las asambleas barriales emergen en oportunidad de la caída del débil gobierno de la Alianza, a finales del año 2001. Espontáneamente, según sugieren ciertos analistas, la multitud reunida frente a Casa de Gobierno en la noche del 19 de diciembre del año referido marcó el origen de este estilo asociativo. La protesta que recibió el nombre de “Cacerolazo”, por los utensilios de cocina utilizados para efectuar pacíficamente el reclamo, tendía a expresar el desacuerdo con los mecanismos y actitudes propias de la clase política argentina. La consiga repetida infinidad de veces era “Que se vayan todos”, o, lo que es similar, renovación dirigencial y apego a nuevos valores y formas de hacer política.

Según aprecian estudiosos de la temática, la protesta en Plaza de Mayo que continúo en las llamadas Asambleas Barriales de Buenos Aires y algunas ciudades de tamaño medio del interior del país (recordemos que el impulso inicial pronto se agota incluso en distritos importantes, el caso de Córdoba, al respecto, es paradigmático), fue producto, entre otros factores, de la imposibilidad fáctica de muchos ahorristas de disposición de su dinero depositado en bancos comerciales luego de la implementación del llamado “Corralito bancario”. Evidentemente, las variables co-causantes del fenómeno exceden a la antedicha pero su mención nos resulta de utilidad por la magnitud y fuerza que posee en relación a otras. Cabe recordar que el 5% de los ciudadanos argentinos fue afectado por la bancarización de la economía, de ellos más de un 75% del total poseían sus depósitos en bancos sitos en Capital Federal, dato que no delata residencia física de los ahorristas pero nos permite concluir o hablar de cierta concentración de la riqueza acumulada de todos los argentinos en los distritos de mayor envergadura.

En el caso del rotulado como movimiento piquetero, sus acciones y presentación a la sociedad datan de mediados de los noventa, momento histórico en el que las reformas económicas y políticas del decenio menemista habían mostrado consecuencias de empeoramiento alarmante de ciertos índices sociales y económicos en vastas regiones de nuestro país. En este contexto, surgen en provincias del NOA (Salta, en una primera instancia) y de la Patagonia (Neuquén fue el espacio precursor en esta porción geográfica), agrupaciones que aglutinaban a antiguos empleados de empresas del Estado privatizadas que reclamaban por la reincorporación a sus puestos laborales, la creación genuina de trabajo y subsidios temporarios como respuesta a una situación que se pensaba y deseaba transitoria. Con el correr de los años, la metodología piquetera, consistente en el corte de rutas nacionales y provinciales, es imitada por grupos cuyas reivindicaciones son realizadas en los conurbanos y áreas periféricas de las tres ciudades más importantes del país (Buenos Aires, Córdoba y Rosario), adquiriendo proporciones significativas en la zona metropolitana que circunda el distrito federal y llegando, incluso, a efectuar sus reclamos en pleno territorio del último.

Luego del estallido social de diciembre de 2001, el movimiento adquiere una entidad y capacidad negociadora inimaginable tiempo atrás y quienes antes eran considerados agrupaciones con una mera actitud (denostada, por cierto por amplios sectores de la sociedad) atentatoria del orden público, hoy se erigen en representantes de los desatendidos y abandonados por un modelo económico y político de gestión. Sin embargo, y a pesar de haberse catapultado como referentes sociales, debieron soportar las críticas y observaciones de quienes les endilgaban la autoría intelectual y material de las circunstancias de violencia social de finales del gobierno de De la Rúa, acusaciones a las que respondieron deslindando su responsabilidad respecto a su participación a nivel organizativo o de planificación previa. El reclamo actual de estos grupos tiende a insistir en la necesidad de depuración de la clase dirigente argentina y de abandono y superación de un modelo que entienden como el causante de del deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de los argentinos.

El movimiento piquetero, de acuerdo a las observaciones de especialistas en la materia, ha desplazado a la dirigencia sindical como portavoz oficial de los sectores sociales con menores recursos, referencia que no resulta, en absoluto, anecdótica pero en la que no profundizaremos por no corresponder a la naturaleza de nuestro análisis.

Ahora sí, intentando aplicar a la realidad presentada sucintamente los conceptos vertidos por Sieyes, estaremos en condiciones de afirmar si alguno de estos grupos, asambleas barriales o movimientos piqueteros, representan efectivamente un sector de la sociedad al que pueda tildarse como equivalente al Tercer Estado de tiempos de la Revolución Francesa.

Una primera categoría analítica de la que hago uso es la vinculada a la presencia de cierto carácter discursivo-teórico en el texto de Sieyes. El abad sostiene, no estos términos pero sí facilitando una interpretación en este sentido, que el sector social que impulsa la renovación de las estructuras promueve la consigna del desprecio de la historia, del modo evidenciado hasta el presente de administrar la cuestión pública, de entender la política, consigna que también a nivel inconsciente inunda toda la realidad social. En relación a lo anterior, y analizando la realidad contemporánea descrita, si bien tanto una estilo asociativo como otro no intentan subvertir el orden democrático, su actitud de enojo y replanteo lo es para con la clase dirigente y las conductas que adoptaron durante la experiencia democrática, afirmándose que la democracia argentina debe ser reconvertida y que es tarea de todos coadyuvar a esa reconstrucción. Observamos, entonces, que este componente, al momento de leer la realidad, también se presenta en el reclamo de ambos modos asociativos. El desprecio discursivo por el devenir histórico, en este caso, no deriva en la violencia de las armas sino en una voluntad reestablecedora, por la vía pacífica, de los verdaderos valores y legítimas prácticas democráticas y en un espíritu conciliador de intereses contrapuestos y objetivos dispares.

Un segundo elemento inherente a la crítica del francés es el vinculado a la preponderancia que adquiere el argumento numérico frente a otro tipo de razones o justificaciones en lucha. Sieyes insiste, sin claudicar, en la eficacia argumentativa de la cantidad o número de los postergados, información que basta para legitimar el reclamo de los desatendidos. Es un factor, de acuerdo a su apreciación, que a las autoridades no se les es facultado no contemplar. La democracia adquiere, en su observación, un criterio de tipo meramente cuantitativo. En tal sentido, por su vigor demográfico, el Tercer Estado es la única y verdadera Nación, no existe ésta fuera de aquel. En el caso argentino analizado, el apelar al argumento numérico es una cuestión de tipo recurrente. El movimiento piquetero, de hecho, se posiciona como referente indiscutido de los sectores postergados sólo cuando adquiere influencia en el Gran Buenos Aires, subregión que suma a casi la mitad de los pobres e indiferentes de nuestro país. Fue, recién allí, que sus reclamos dejaron de ser entendidos como periféricos y eventualmente atendibles. El registro estadístico de la pobreza en nuestro país, un 57 % del total de la población, dota a este grupo de recursos tanto a nivel discursivo (beneficioso para la transacción en el escenario político) como a nivel de influencia organizativa de las actividades relacionadas a la protesta y el reclamo de vastos sectores de la población.

Por el contrario, en ocasión de aplicar el concepto referido a las asambleas barriales como representativas de estratos medios de la sociedad, el análisis resulta distinto. El argumento cuantitativo no adquiere la dimensión que posee en el caso de los reclamos piqueteros. A nivel discursivo, el énfasis es colocado sobre la necesidad de renovación cualitativa de la democracia: la denuncia de la corrupción como flagelo estructural y la aseveración acerca de la raíz cultural de nuestro atraso son elementos recurrentes. El relato de clases medias, expuesto mediante las expresiones de este asambleísmo, posee, más bien, un tinte reivindicatorio de derechos y libertades que, en el pasado, encontraron un correlato fáctico y no meramente jurídico-constitucional. Se insiste en el retroceso histórico y social, en los antiguos privilegios (no en el sentido peyorativo del vocablo) que se han perdido producto de la ineficacia de quienes nos gobiernan y de la falta de compromiso ciudadano más que en la fuerza de la línea argumentativa que apela a lo numérico.

Existen, según la propuesta de Sieyes, otras categorías conceptuales que son adecuadas para transferir a nuestro análisis. Sostuvo el sacerdote francés que el Tercer Estado no toleraba, bajo ningún punto de vista, su posición subalterna, su rol de tipo marginal en el proceso decisorio de cuestiones que a todos incumbían. Asimismo, advertía que la apreciación de este sector respecto a los gobernantes de turno (la monarquía en franca decadencia de la Antigua Francia), los definía como usurpadores de la voluntad general rousseauniana, como propietarios ilegítimos de un espacio que les había sido adjudicado a la mayoría. En el caso de los grupos de referencia en nuestro país, una y otra línea son enarboladas como bandera por ambos grupos. Se endilga la apropiación, por parte de cierta casta política (la imagen elitista de la historia como cementerio de aristocracias, elemento también afirmado por el abad, nos puede resultar de utilidad también aquí) de la res pública, de lo que es asunto de todos. Piqueteros y asambleístas (aunque es una actitud con un vigor cualitativamente diferente en el caso de las asambleas barriales), procuran una catarsis democrática que culmine en la construcción de un espacio de diálogo en donde se brinde cabida a la mayoría. Si bien en los hechos las fuerzas políticas por las que hemos debido optar en las últimas elecciones no difieren de las históricamente conocidas (aún en el caso de estructuras partidarias pequeñas pero tradicionales), es también cierto que nuevas agrupaciones embrionarias han surgido de este movimiento renovador consecuente de los hechos de finales de 2001. Este impulso, según aprecian ciertos analistas, ha sido mayor entre las asambleas barriales debido a que la naturaleza de los recursos (económicos como educacionales) con los que cuentan sus partícipes (estratos medios y medio-altos de la población) y sus preocupaciones como ciudadanos (vinculadas más a la calidad de vida, la seguridad y la recomposición democrática) les han allanado la posibilidad para configurar estas nuevas instancias de diálogo y elaboración de propuestas. En el sector piquetero, a la inversa, se ha priorizado el contacto con estructuras partidarias de fortaleza histórica (el peronismo en algunos distritos) y la experiencia de incursión en la construcción de propuestas partidarias de nuevo cuño ha sido más bien poco relevante. Recordemos que las urgencias preocupacionales de este grupo divergen enormemente de las evidenciadas en el grupo anterior; son el hambre, el desempleo crónico y las condiciones de extrema pobreza las que urgen al sector y la metodología de construcción de alternativas partidarias quizás resulte menos funcional a la satisfacción de sus reclamos que el proceder efectivamente adoptado.

Otro elemento que incorpora Sieyes que puede resultar relevante para nuestro análisis es el vinculado con la asociación del Tercer Estado con las otras clases privilegiadas. Recuerda el autor francés que, en cierto momento, histórico, resultó imprescindible acordar con los privilegiados. Cabe realizar un traslado de tales conceptos a nuestra realidad socio-política. ¿Existió un periodo en el que se vislumbrase una alianza de estas características? Mucho se insiste, al respecto, sobre la dinámica sociológica de los años ’90. En nuestro país, durante la década menemista, puede hablarse de dos coaliciones interclasistas interesantes para su visualización. Una de ellas fue, con una presencia extraordinaria en los grandes centros urbanos, la acordada entre el estrato de mayor poder adquisitivo de la sociedad (dentro de este grupo, podemos especificar aún más en el subsector que concentró riquezas como consecuencia de la práctica prebendaria y las características del juego macroeconómico, con énfasis en el plano financiero, del momento) y los grupos pertenecientes a los estratos medios y medio-altos beneficiados, en términos de mejora cualitativa del standard de vida, por el equilibrio monetario que les facultó poseer conductas de consumo antes (durante el periodo proteccionista de la economía) reservadas a minúsculas élites. Otro tanto, acontece con la alianza, en la que insisten varios autores, que facilitó el neoperonismo (pastiche ideológico que entendió al mercado como el más eficiente asignador de recursos) entre el sector enriquecido a costa del erario público y las clases postergadas debido a que la conducta clientelar tradicional se vio reforzada como nunca durante el decenio. Este ingrediente que detecta Sieyes en su diagnóstico también lo observamos en nuestra realidad.

Como fase última de nuestro análisis cabe tener presente que, quizás, las conceptualizaciones más relevantes del monje galo son aquellas relacionadas con cierto juego de palabras que él realiza con ciertos vocablos que reflejan cualidades de tipo cuantitativo que él adjudica al Tercer Estado: “todo, nada y algo”. Cuando se interroga acerca de “¿Qué es el Tercer Estado?”, él responde sosteniendo que aquél es todo. Nada puede hallarse fuera de él. En esta instancia, recuerda la sinonimia teórica entre el tercer estado y la nación y aserta que para que una nación llegue a ser tal precisa de trabajos particulares y funciones públicas. Afirma que el grupo cuyos intereses defiende cumple efectivamente con las primeras labores no pudiendo, por impedimentos interpuestos por la nobleza, hacerlo con el segundo tipo de trabajos.

En el caso de nuestro país, este elemento no puede ser subestimado en nuestra observación. Las asambleas barriales de sectores medios se hallan conformadas por individuos cuyas actividades particulares se circunscriben, a grosso modo, al desempeño de una profesión laboral o a la tutela de un emprendimiento comercial o empresarial. En el caso del sector representado por los piqueteros, sus trabajos particulares se limitan a ciertas ocupaciones, en la mayoría de los casos, en relación de dependencia cuando no se ejecuta una actividad cuentapropista de generación de escaso o nulo valor agregado. Con respecto a las funciones públicas, la evaluación difiere. La clase media históricamente ha accedido a cargos públicos y la mayoría de nuestros políticos en actividad provienen de ella. A diferencia de otros estados latinoamericanos, en los que la actividad política es presa fácil u objeto sólo accesible a los más altos estamentos sociales, en la Argentina, los estratos medios han hecho uso de la política (a partir de la militancia, la retribución vía el empleo público u otros mecanismos) para cierta movilidad social de tipo ascendente. Recordemos que se afirma que la universidad y el empleo público son los dos fenómenos sociales que en mayor medida han contribuido al ascenso social. Por el contrario, el sector de clases postergadas, sólo ha tenido un contacto con lo público a nivel decisional en situaciones excepcionales. Casi no se registran referentes políticos nacidos en ambientes de extrema pobreza y miseria y, suele decirse, que sólo se vinculan a la política en roles pseudo públicos vinculados a la maquinaria clientelar – electoral.

Una segunda inquietud que nos pretende develar Sieyes es la vinculada a “¿Qué ha sido el Tercer Estado hasta ahora?”. Su respuesta es nada. La burguesía no ha detentado ningún privilegio, es su razonamiento. Cabe preguntarnos qué sector en nuestro país ha sido de hecho nada. En este punto, lo aclarado en la categoría previa nos auxilia. Evito su repetición para no incurrir en redundancias. Sin embargo, prefiero usar cierto elemento a modo de ejemplo. Para comprobar qué clase ha sido nada apelo a evaluar que recursos pueden unos y otros aplicar cuando no ven reconocidos sus derechos ciudadanos. En el caso de los estratos medios perjudicados por el corralito o bancarización de la economía, la legislación preveía salidas y respuestas a eventuales reclamos. La capacidad de organización para llamar la atención sobre el inconveniente fue extraordinaria. El corralito se transformó en el tema que en más oportunidades apareció durante el 2002 en la portada de los periódicos de mayor tiraje en el país. Idéntico proceso pudo constatarse si se enumeraba la cantidad de oportunidades en la que se mencionaba la cuestión en medios televisivos y radiales. El problema de la minoría los argentinos se tornó en la problemática de todos los argentinos. En cambio, frente a reiteradas y consuetudinarias violaciones a derechos que protegen la dignidad del hombre cuyos perjudicados han sido los más postergados en nuestro país, los medios hicieron la vista gorda, la legislación parece, a veces, omitir, otras, desconocer, la situación con las consecuentes trabas y lentitud en fueros judiciales. Todo ello obsta aún más si adicionamos la exigua capacidad organizativa para presentar sus reclamos de este grupo de la población. Al respecto, cabe aclarar que, en este grupo, se observa mayor entidad organizativa entre aquellos otrora pertenecientes a estratos medios (nuevos pobres) que entre los denominados pobres estructurales, dato que vendría a confirmar nuestro planteo.

Por último, cuando Sieyes pregunta ¿Qué quiere llegar a ser el Tercer Estado?, él no titubea en responder: algo. Cierto espacio les debe ser permitido. Aquí, su discurso retoma la cuestión cuantitativa. Un régimen más justo es aquel que más inclusivo es, el que mayor participación permite. En nuestro país, según mi hipótesis de trabajo, la democracia aún posee rasgos censitarios. No bastó con la Ley Sáenz Peña ni con el sufragio femenino impuesto durante el primer gobierno justicialista. Aún, hoy, en la primera década del siglo XXI, masas cada vez mayores de argentinos no han tomado contacto ni remoto con la democracia. No la conocen, no saben de sus virtudes, ésta no ha satisfecho siquiera sus necesidades vinculadas al reconocimiento de su dignidad. Su preocupación es otra, su interés es la supervivencia, la (re)construcción de la democracia les resbala porque otros, que la han deslegitimado con su accionar corrupto y alejado de los cánones institucionales, les han impedido disfrutar de sus beneficios. Resulta claro quienes nada han sido y algo quieren ser; los más postergados, los sectores condenados a la miseria son aquellos que hoy mediante el reclamo piquetero y de otras agrupaciones son los merecedores de una renovación que exceda la coyuntura. Sin un cambio profundo y ligado a la conversión ética, quién sabe qué puede acontecer con aquellos que vienen siendo casi el todo y que, según Sieyes, conforman el Tercer Estado.

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