Foto Mujer: Gentileza de Siro López


El proceso de cambios que vive el mundo árabe comenzó con una serie de protestas sin precedentes, a principios de 2011, motivadas por alzas considerables en los precios de los alimentos. Los manifestantes aprovecharon la ocasión para extender sus reclamos por mayores espacios de participación política y libertad de expresión.

Las revueltas, que al principio contaron con el factor sorpresa, produjeron la caída de los presidentes de Túnez y de Egipto y generaron un efecto contagio en la mayoría de los países árabes.
Estos lugares, a pesar de sus propias particularidades, comparten contextos similares que podríamos resumir así:

      Gobiernos populares devenidos en autoritarios, camuflados de democracias, sin contenido, aliados con las fuerzas armadas que les aseguraron durante mucho tiempo su permanencia en el poder. Asimismo, las protestas también han alcanzado las monarquías de la región, que ven cómo sus sociedades impugnan sus legitimidades.
       Liderazgos funcionales a los intereses de los Estados Unidos y de otras potencias occidentales en la región, ya sea por el acceso a sus recursos petroleros y gasíferos o a través de una alianza basada en una posición moderada hacia Israel o por colaborar en la lucha contra el terrorismo.
      Altos niveles de corrupción que han moldeado sociedades con gobernantes ricos y gobernados pobres.
      Fraudes electorales sistemáticos y fuertes dispositivos de control político y social. Por medio de la violación de los derechos humanos, impidieron, hasta ahora, el surgimiento de espacios opositores que pudieran disputarles el poder.
      Grandes sectores de la sociedad pauperizados, con altos índices de desempleo y pobreza. Dueños de sentimientos de frustración acumulados en el tiempo, exteriorizados en estas manifestaciones.
      Sociedades jóvenes (60 por ciento de la población tiene menos de 30 años). Ellos han sido los artífices de estos movimientos, que utilizaron las nuevas tecnologías para organizarse y para dar a conocer sus reclamos y aspiraciones.
      Sectores islámicos radicalizados que se aprovechan de cierta incertidumbre que generan estos procesos para su beneficio.

A continuación, una breve reseña de cómo este proceso se está desarrollando en algunos de estos países:

Túnez
Las manifestaciones consiguieron rápidamente la caída del gobierno de Ben Ali, luego de 30 años en el poder, marcados por el autoritarismo y la corrupción. Los motivos que permitieron su salida fueron la falta de respuestas a los reclamos populares y la lectura equivocada de la dimensión del descontento, que subestimó sus consecuencias.
Las modificaciones no han traído ni estabilidad ni certeza de reformas profundas. Los desacuerdos han erigido un gobierno débil con desafíos fuertes, como articular los deseos de cambio de la población.

Egipto
Las protestas lograron la salida de Mubarak (gobernaba desde 1981), pero ello no ha producido un cambio visible en Egipto. El poder quedó en manos de mandos militares, aliados de Mubarak, y con el respaldo de los Estados Unidos. Se realizaron sólo cambios cosméticos y de nombres, pero no de fondo.
Occidente necesita mantener en parte el statu quo en Egipto, país aliado en la región, mediador entre palestinos e israelíes, porque teme el rol que puedan adquirir grupos como los Hermanos Musulmanes en este nuevo escenario.

Argelia
El presidente Bouteflika —gobierna desde 1999— movilizó las fuerzas de seguridad para impedir que los manifestantes pudieran desestabilizar su gobierno. Argelia es un Estado complejo, con fuertes tensiones entre las identidades árabe y beréber. El país soporta la acción de grupos islámicos radicalizados desde hace varias décadas, que en el pasado estuvieron muy cerca de alcanzar el poder. El 24 de febrero, el gobierno decidió levantar el estado de emergencia vigente desde 1992.

Yemen
Su importancia regional radica en ser, en la actualidad, uno de los países donde Al Qaeda está más activo. Se trata de una sociedad tribal, con conflictos internos, con escaso desarrollo y con una población sumida en la pobreza y en el desempleo, que no ha logrado avances sociales ni económicos significativos bajo la presidencia de Saleh, que gobierna desde 1990.
Grandes manifestaciones han exigido su dimisión, y lograron que renuncie a extender su mandato hasta 2013 y que su hijo no sea su sucesor.

Jordania
Las protestas no persiguen la caída de la monarquía hachemita, pero sí le exigieron cambios al rey Abdallah, quien nombró un nuevo primer ministro, al cual le encargó una serie de reformas que satisfagan los reclamos de los manifestantes, y amplió la participación política de la sociedad. Al rey le preocupa que las manifestaciones alteren la convivencia entre jordanos y palestinos, ya que estos últimos son una parte importante de la población y reclaman una mayor integración.

Libia
Las protestas no persiguen la caída de la monarquía hachemita, pero sí le exigieron cambios al rey Abdallah, quien nombró un nuevo primer ministro, al cual le encargó una serie de reformas que satisfagan los reclamos de los manifestantes, y amplió la participación política de la sociedad. Al rey le preocupa que las manifestaciones alteren la convivencia entre jordanos y palestinos, ya que estos últimos son una parte importante de la población y reclaman una mayor integración. Kadhafi estaría negociando su salida, pero se trata de un personaje impredecible, como el futuro de su país.

Marruecos
Las protestas marroquíes reivindican mayor empleo, reformas políticas y una constitución democrática. Su principal crítica se centra en el rol del Parlamento, pues sostienen que no cumple sus funciones. Marruecos es un país asediado por las organizaciones islamistas que operan en su territorio.

Arabia Saudita
El Estado ejerce un férreo control político y social, lo que impide que el descontento se exteriorice. El reino hoy se debate entre su alianza con Estados Unidos, los numerosos y activos miembros de Al Qaeda y el miedo a la influencia iraní sobre las minorías chiítas del reino mayoritariamente sunita. Por ello, los sauditas apoyan el gobierno sunita de Bahrein, país del Golfo jaqueado por las protestas de los chiítas, que son la mayoría de la población.

Siria
La familia Al Assad gobierna el país desde 1971 con mano dura, y reprimió ferozmente todos los reclamos en su contra. Los cambios en Siria tendrían un gran impacto en la región por su influencia en Líbano y por sus conflictos con Israel. El presidente Bashar Al Assad hizo renunciar a su gabinete, con lo que trató de contentar a los manifestantes, pero a la vez ha reprimido y ha causado varios muertos entre los que protestaban.


Las revueltas han producido cierta incertidumbre sobre el futuro de estas sociedades que proclaman buscar mayores espacios de libertad, lo cual en Occidente se interpreta como el establecimiento de regímenes democráticos, cuya naturaleza requiere condiciones que hoy el mundo árabe no ofrece, como un estricta separación del Estado y la religión.
Asimismo, deben seguirse con atención las actitudes que los sectores islámicos radicalizados adopten sobre el cambio en marcha.
De todos modos, las semillas del cambio han sido plantadas en estas sociedades y habrá que esperar para ver sus frutos.

*Profesor de Seguridad Internacional de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UCC. Especialista en estudios árabes, americanos-árabes e islámicos. Especialista en Medio Oriente y África del Norte.

OPINIÓN

UN NUEVO ESCENARIO GEOPOLÍTICO
Por Paulo Botta*

Durante los últimos dos meses se han generado en esa región cambios políticos que van más allá de una mayor apertura en términos democráticos, están dando lugar a un nuevo escenario geopolítico. El inmovilismo del mundo árabe en las últimas décadas, aceptado desde el exterior, ha dado origen a un descontento social que ha sido el caldo de cultivo para las manifestaciones que han terminado con gobiernos que, hasta hace pocas semanas, eran considerados paradigmas de estabilidad.
Debemos resaltar que lo ocurrido en los distintos países tiene motivaciones propias. Lo que se dio es una situación en la que la percepción de la existencia de una ventana de oportunidad sirvió para iniciar las protestas. Posteriormente, cada uno de los gobiernos reaccionó de manera diversa dando lugar a procesos distintos: represión mínima en los casos de Túnez y Egipto, choques violentos en Libia y necesidad de recurrir a fuerzas externas en el caso de Bahrein.
Las reformas prometidas en Siria, Marruecos, Yemen y Jordania llegan tarde y mal, ya que no son el resultado de una voluntad real de apertura, sino que son fruto del miedo a correr el mismo destino que Ben Ali o Mubarak.
Los medios de comunicación han cumplido un rol central, aunque más allá de mostrar lo que estaba sucediendo también debemos ver el deseo de presentar una visión simplista con el objetivo de quitar del medio a dictadores que hasta ayer gozaron de un reconocimiento internacional pero que ya resultaban compañeros incómodos.
El escenario regional que se está gestando refuerza la idea de que los países árabes viven una crisis que los aleja cada vez más de cualquier intento de liderazgo, mientras que Turquía e Irán son los que más ganan con la nueva situación.

*Licenciado en Relaciones Internacionales de la UCC. Doctorado y DEA por la Universidad Complutense de Madrid. Coordinador Académico del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa de la sede Fuerza Aérea Argentina. Secretario de la cátedra Eurasia Centra del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata.

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EL RENACIMIENTO ÁRABE
Por Nelson Gustavo Specchia**

En 2011 comenzó un proceso que viene a transformar todo el mapa geopolítico mundial. La caída de las dictaduras de Túnez y Egipto sentaron las bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita, ha comenzado a mover todo el mundo árabe, esa larga línea de 8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, por el norte de África y que engloba el Oriente Medio asiático.
La insurrección de Libia ha sido el siguiente escalón, pero los alzamientos populares en Yemen, Oman, Bahrein, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Arabia Saudita, y Siria demuestran que aquellos casos no son fenómenos que se resolverán aisladamente, sino que el proceso de transformación es general para la región. Nadie va a poder mantenerse al margen.
Podemos hablar ya de un “renacimiento” árabe y asemejarlo con aquel proceso vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la Iglesia Católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.
Occidente se apoyó en los gobiernos fuertes con la excusa de frenar el fanatismo religioso islámico, el “yihadismo”. Esta postura sostenía que los árabes no podían ser democráticos, sus usos y costumbres eran aún premodernos. Mejor mantener autócratas que los tuvieran a raya (y, de paso, que firmaran fácilmente los contratos petroleros).
Pero, sin embargo, las revoluciones de Oriente Medio hoy se movilizan con los impulsos de las ideas fuerza de la libertad política, la dignidad, la participación y la democracia, la apertura y la transparencia. En definitiva, con elementos cercanos a aquellos que llevaron a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.
Y eso es una buena noticia, no sólo para el Magreb africano y el Oriente Medio, sino para todos. Además de la profundidad del cambio cultural que implicará el reordenamiento de todo el mapa geopolítico, si con las revueltas de este nuevo “renacimiento” árabe se abren y sanean sus sistemas políticos, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia representativa, la libertad y la organización institucional republicana no son patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y secularizadas, de Occidente.

**Politólogo. Catedrático Jean Monnet y profesor titular de Política Internacional de la UCC.